Crónicas de espectáculos

21462868_1954242028150614_7776071049642388413_nDesmesurada idolatría, o ‘autoidolatria’. Críticas autocomplacientes. Miedos escondidos. Consumismo. Fatigas. Más miedos. Y mucha hipocresía. Y en medio de este mundo de ruinas y despropósitos, de oxímorones constantes, de sinsaberes y sinsabores, de falsedad… En mitad de este cóctel molotov que nos autodestruye, el arte. El arte para volver a ponernos en un perdido (o casi) lugar crítico.

Hace más de 300 años que el dramaturgo francés Moliérecreó Tartufo o el impostor, una obra de teatro que recrea la influencia que ejerce Tartufo, un hipócrita ávido de poder y dinero –¿no es acaso lo mismo?– sobre Orgón, un hombre sencillo de clase media alta que queda encandilado por las bondades del falso devoto. Tan ensimismado que ni su esposa ni su hija lograrán hacerlo entrar en crítica, quitarle la venda de los ojos.

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No daré hijos, daré versos

Delmira Agustini no solo era una poeta de corte modernista. Era una feminista y una activista defensora de una identidad como mujer en unos años en que aún quedaban muy lejos esas revoluciones. Una mujer libre que nació en Montevideo en 1886 y y murió en 1914, asesinada por su esposo, del que ya estaba separada pero al que mantenía como amante. No es estrictamente necesario conocer algo de esta poeta uruguaya para entender la obra No daré hijos, daré versos, que se muestra estos días en la sala Hugo Balzo del Sodre, pero es cierto que sabiendo algo de su historia, es más fácil adentrarse en esta arriesgada puesta en escena.

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Kronos, el peso de los secretos

Qué pasaría si después de 40 años de convivencia con nuestra pareja nos enterásemos de que toda nuestra historia se sustentó sobre una farsa, que los cimientos estaban hechos de mentiras y aspiraciones no peleadas. Este es el punto de partida de Kronos, una calma erótica, una obra de Michael Znaniecki, representada en el Teatro Solís. El diario secreto del escritor Witold Gombrowicz sirve de punto de partida para hablar de las dobles vidas y el apego.

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Ni-Ni uruguaya en El tiempo todo entero

No tiene mucho de arriesgado, ni aún menos de original, recuperar y adaptar al siglo XXI una obra tan representada como El zoo de cristal, de Tennesse Williams. Aunque un poco más de debate genera el convertir a Laura Wingfield, la hija cuya mezcla de minusvalía física e introversión la retienen en casa, en una arrogante joven inmersa por decisión propia en la tan nombrada hace unos años generación Ni-Ni. (…)

Pero sorprende gratamente que partiendo de las mismas premisas -el deseo y el miedo de la madre a que su hija no experimente la vida; el ansia del hijo que quiere descubrir; el acercamiento cual pavo real del amigo; los conflictos en familia; la helada zarpada de un corazón que aunque se atraviese no sangra, y la neurosis y la obsesión-, el texto se aliviana y la puesta en escena opta por ofrecer una versión más divertida de lo esperado.

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Ostia: teatro para escuchar

Sergio y Roxana Blanco toman un tren que les lleva hasta su infancia. Los muertos que aprendieron a reconocer cuando la muerte aún no era la muerte. Los recuerdos inciertos y desfigurados con sabor a helado. Los caramelos de lima limón de las mudanzas, que solo me corresponden a mí. El hermano escritor en Europa. Recitatio, sueltan, y se quedan con el ansia. Dejan fluir una historia que no es una, sino muchas, que se deshace como las flores silvestres que se soplan para que el deseo se haga realidad. 1980, por poner un ejemplo. Droga, sexo, llanto. El miedo de tenerte cerca y lejos al mismo tiempo. Hermanos. Constelaciones familiares.

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La mitad de Dios, o de cómo los actores llegaron al cielo

Un descerebrado militar que, hechizado, empieza a guiarse por sus instintos más primarios. Un párroco de pueblo con alma de Adonis engatusado por el lado hermoso de la vida. Una musulmana aparentemente radical a la que no se le ve ni la cara ni el espíritu. Una azarosa política dispuesta a todo por defender su escaño emocional. Y el mismo papa en versión rioplatense. Ese es el punto de partida de La mitad de Dios (obra inconclusa para piano y actores), una obra escrita y dirigida por Gabriel Calderón y que ha regresado a la cartelera montevideana en funciones de jueves y viernes en la sala Sala Zavala Muniz del Teatro Solís.

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Serrat inicia su fiesta desde este sur que también existe

Joan Manuel Serrat nunca se cansa de preguntar por qué. Quizá por eso nunca recupera su tema Vagabundear. Serrat sigue reflexionando y buscando respuestas en las caras de su público, en el reflejo que ellos le devuelven de sus cincuenta años dedicados a la música. Mira al frente, sin el tono ni la energía de ese “melenas” al viento que enamoró a finales de los 60 a las que anoche en el Auditorio de Sodre a su No hago otra cosa que pensar en ti, contestaban: “¡Y yo!”. No, no tiene ya esa garra ni esa voz pero sí tiene el mismo carisma, la misma meticulosidad para poner letras al corazón más desgarrado, y el mismo arroje para enamorar a sus 71 como lo hizo entonces, cuando el Titiritero o …De cartón piedra; o como lo volvió a hacer anoche en el estreno mundial de su nueva gira.

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Bisbal, una mochila y unos vaqueros desgastados para llegar ‘Al final de la carretera’ 

Las crisis asociadas a los años no tienen nada que ver con la edad. Hay quien dice tenerla a los 17, a los 23 o a los 56. ¿Pero qué edades son esas para tener una crisis? No es cuestión de años, pero sí hay algunos que imponen más que otros. Como los que acaban en 0. Ahí, el punto de partida de los protagonistas de esta historia, a los que cumplir 40 años les sienta muy mal. O más que mal, les sienta bien pero a su manera. Les trastoca su cómoda existencia, les hace pensar. (Eso también le pasará al espectador, porque camuflada como comedia, Al final de la carretera es una historia que insta a reflexionar). Cuándo se traspasan las líneas entre lo que hacemos, lo que queremos hacer y lo que se espera que hagamos. Es la recurrente Historia de una escalera en versión moderna. Los sueños que dejamos a medias a medida que apagamos velas, y los sueños que cumplimos sin ni siquiera saber si son sueños propios o heredados de una educación impuesta en civilizaciones de un primer mundo de ovejas del mismo rebaño.

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Mucho más que el “nombre” en el Teatro Maravillas

Como pasa con casi todo, no es sólo un nombre, sino lo que implica. Porque sí: no es el qué sino el cómo: el subtexto, el miedo, la implicación, el tono, los reproches, las mentiras –piadosas o no–, los secretos, la cotidianidad, la intención. Lo que no se dice que a menudo tiene más peso que lo que sí se dice. A no ser, como es el caso, que lo que no se dice de paso a decir mucho. Pero mucho, mucho, mucho. Porque no, no es sólo un nombre, ni siquiera es solo El nombre, sino el nombre y todo lo demás. No es el nombre, pero parte de ahí. Ana (Kira Miró) va a tener un bebé. En casa: el marido de Ana, Vicente (Jorge Bosch); la hermana de él, Isabel (Amparo Larrañaga); el marido de Isabel, Pedro (Antonio Molero), y un amigo de las dos parejas, Carlos (César Camino). Todos reunidos en torno a un menú degustación de comida marroquí para hablar y compartir los nervios y las ilusiones ante la llegada a la familia del nuevo miembro. ¿Y qué compartir para empezar? Obvio: el nombre que han decidido ponerle.

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Hermanas. La vida a escena 

«Es una función de emociones, donde se pasa de una a otra en apenas décimas de segundo». Hace un año, la actriz Amparo Larrañaga presentaba así la obra de teatro ‘Hermanas’, que coprotagoniza junto a María Pujalte y Marina San José. Amparo Fernández, Chisco Amado y Adrián Lamana completan un plantel de actores donde todos rebosan energía y plenitud. La obra fue un éxito en Madrid y después ha girado por media España hasta llegar, este fin de semana en una de sus últimas representaciones, a Guadalajara. Amparo Larrañaga interpreta a la hermana mayor, Inés, una mujer fuerte (como su potente voz ronca), con carácter y con una increíble personalidad que la aboga a la obsesión, al inicio de la ‘neurosis’ y al control enfermizo como método para afrontar sus problemas personales, sus miedos, su soledad. Un personaje con matices muy diferentes entre la primera y la segunda parte de la obra, un ‘regalazo’ para una actriz que Larrañaga ha sabido exprimir y lucir. Es el personaje más divertido (junto con la madre) de la función y la actriz sabe sacar al espectador la lágrima y la risa con la misma intensidad.

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Desclasificados, la ética al descubierto 

(…) Pero no es una obra sólo para periodistas, ni por supuesto sólo para políticos. La calaña política, como también los políticos que sí tienen ideales, nos afecta a todos por el simple hecho de compartir una sociedad, de estar -guste o no- inmersos en un sistema. Los principios, la ética, los valores, el precio que estamos dispuestos a pagar por cada paso que damos en nuestra vida, las constantes y rápidas decisiones que debemos tomar. De todo esto habla Desclasificados, de la dura elección de priorizar, del prurito profesional y sobre todo de si somos capaces de defender nuestros valores también con los hechos y no sólo con las palabras, si nos juzgamos a nosotros mismos con la misma vara de medir con la que a los demás les exigimos que sean personas íntegras. El guión (de, al igual que la dirección, Pere Rierao) es preciso, divertido, elocuente, crítico, atrapa desde el minuto uno. Son tres personajes sobre el escenario en un constante enfrentamiento actoral y ético. La periodista segura, pese a los miedos tensionales, curtida, ¿ética? (…) El espectador es capaz de empatizar con la periodista que duda, e incluso con la madre que debe decidir y afrontar esas decisiones. La precisión de movimientos, especialmente durante el plato fuerte del ‘cara a cara’, el trabajo no sólo emocional, sino muy técnico de la actriz, es elocuente y grandioso.

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La “lucidez” de una familia atormentada 

El título de Lúcido le vino como anillo al dedo. Claro en el razonamiento, según la RAE. Y es que el espectador debe estar “lúcido” para intentar encajar lo que está pasando en escena, para saber (para creer que sabe, que luego se dará cuanta de que no tenía ni idea) qué es lo que esta familia de ciclotímicos sin remedio está sintiendo. Teté (una Isabel Ordaz desbordada, que crece -a veces un poco excesiva, pero magistral- a medida que lo hace su personaje) aparece sola es escena, en un restaurante ‘cool’ que encaja a la perfección en esa mezcla entre el estado onírico y la cruda realidad que abarca toda la función. Los hijos de Teté, Lucas y Lucrecia, no tardan en aparecer. Itziar Miranda y Alberto Amarilla dan forma, con una trabajada polivalencia, a dos hermanos contrapuestos pero a la par con demasiadas cosas en común. El hecho de que ella, tras quince años alejada del nido familiar, regrese para recuperar “algo” que cree que es suyo no es más que la excusa para descorchar un cúmulo de emociones y contradicciones, de miedos y arrogancias que transitan por una familia, como todas pero esta especialmente, complicada.

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El zapateado de la libertad

Sara Baras tenía razón cuando decía que si pudiera expresar con palabras lo que siente, no podría bailarlo. Por eso, su mejor arma es el movimiento, la tensión en sus brazos y la fluidez en su contoneo. Se gira sobre sí misma, levita y deja al público en suspense. Su Pepa, la Pepa de todos los gaditanos pero también la de todos los españoles que claman pan y libertad, ha cautivado durante dos noches seguidas al público ceutí que, prácticamente, ha llenado el Auditorio del Revellín.

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